Un vigilante desarma a un hombre que irrumpió en una oficina policial con una navaja (Marbella)

Parecía una tranquila tarde de domingo. Pasaban algunos minutos de las ocho de la tarde. La jornada había sido ajetreada. En el mes de agosto, con la ciudad atestada de vehículos, la grúa trabaja más de lo normal. En la caja había unos 2.000 euros. Por ello, lo primero que pensó Miguel Ángel cuando vio aparecer por la puerta a un hombre pertrechado con una navaja es que iban a atracarle. «Fue lo primero que se me vino a la cabeza. Eso y que estaba yo solo y sin ninguna defensa porque no las llevamos los vigilantes auxiliares de la Policía Local». A Miguel Ángel Moreno no se le borra la imagen de la cabeza ni todo lo ocurrido el pasado domingo.

Un hombre irrumpía en las oficinas portando una navaja y argumentado entre gritos que tenía problemas. «Decía que le venían persiguiendo mientras se acercaba la navaja al pecho como con intención de clavársela», explica Moreno, quien demostró una gran templanza a la hora de controlar una situación que podría haber terminado en tragedia. «Yo le decía que se tranquilizara, que nadie le iba a hacer nada, pero el estado en el que se encontraba no lo hacía entrar en razón», asegura el vigilante.

Pese a la tensión del momento, Moreno pudo dar aviso a sus compañeros del cuerpo policial. Hasta que llegaron, al vigilante le dio tiempo a aprovechar un descuido de su asaltante y pudo quitarle la navaja. «Tenía los ojos inyectados en sangre, como si hubiera consumido alguna sustancia. Llegó un momento en el que se derrumbó. Apoyó las dos manos y la cabeza sobre el mostrador que tenemos en la oficia y aproveché para quitarle el arma», relata el vigilante, quien reconoce que en ese momento el individuo adoptó una actitud aún más agresiva. «Decía que aunque le quitara la navaja iba a ir a por otra y que ese día terminaba su vida», relata Miguel Ángel, a quien los minutos se le hicieron eternos hasta que vio aparecer a los agentes de la Policía Local entrar por la puerta. «Apenas podía moverme, me gritaba que me quedara quieto y que si me movía se mataba. Mientras lo decía se hincaba la navaja en el pecho y llegó a sangrar un poco», asegura.

Informes médicos

Los policías desplazados hasta la zona comprobaron que el hombre portaba varios informes médicos en los que se hacía constar que es politoxicómano, padece un trastorno esquizofrénico y es portador del virus del VIH. Llevaba igualmente la documentación que acreditaba su paso por centros de desintoxicación. El hombre fue trasladado al Hospital Costa del Sol y desde allí a un centro de salud mental.

Acostumbrado a lidiar con situaciones complicadas con las que se ha topado durante los 14 años que lleva trabajando como vigilante auxiliar de la Policía Local de Marbella, asegura que esta ha sido una de las más difíciles. «Uno vive muchas cosas a lo largo de su carrera, e incluso sabes que cualquier cosa puede pasar, pero está claro que hasta que suceden no sabes cómo puedes reaccionar. Por fortuna, en este caso todo ha ido bien».La intervención de Miguel Ángel fue clave para evitar lo que pudo ser una tragedia. Cuando se le pregunta si en algún momento llegó a tener por su vida, no tarda en responder afirmativamente. «Llegué a temer por mi vida, claro, porque nunca sabes cómo puede terminar una situación como esta. Pero lo peor fue cuando todo acabó, me vine abajo y me di cuenta de lo que había ocurrido». Fue en ese momento, y tras conocer el historial del hombre, cuando empezó a tener otra duda: «los compañeros me preguntaban si durante el forcejeo me había llegado a herir, dado que el individuo llevaba una herida en el pecho que él mismo se había provocado. El miedo era el de un posible contagio al ser portador del virus del Sida».

La oficina en la que ocurrieron los hechos, ubicada en la avenida Marqués del Duero de San Pedro Alcántara, ha sido hasta junio pasado la jefatura de la Policía de Barrio, pasando desde entonces a albergar las dependencias de la grúa municipal en el núcleo poblacional. Un único vigilante custodia el inmueble desde entonces en cada uno de los turnos establecidos. «El problema es que aquí estamos sólo una persona, sin posibilidad de respuesta porque no portamos armas. Lo ideal sería que hubiera más personal o al menos un agente policial en la puerta para controlar las entradas y salidas en estas dependencias», remarca el vigilante.

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